Santiago Talavera
Texto para «One Project», ArtMadrid 2015. Carlos Delgado Mayordomo
Pintar como un dibujante y dibujar como un pintor. A través de esta certeza, enunciada por Santiago Talavera en diversos escritos y entrevistas, podemos empezar a comprender el complejo proceso de un trabajo que entiende la construcción de la imagen desde una presentación depurada de la forma. Densidad y levedad, análisis y precisión como estrategias para tematizar la extrañeza de un universo futurible, donde la concreción geográfica y temporal ha sido abolida para construir un nuevo mapa cuya principal narración es la tensión entre el hombre y la naturaleza.
Frente a la creencia del ideal rousseauniano que mantiene la convicción de que el hombre es bueno por naturaleza y que solo la civilización lo pervierte, Santiago Talavera pone su acento en lo que significa habitar una realidad creada por el hombre y que está basada en la hegemonía del racionalismo. Entre la fijeza esencial del ser y el devenir cambiante de lo sensible, la geometría nace como estrategia para racionalizar la visión abstracta de la naturaleza, el espacio y sus formas. En los dibujos de Santiago Talavera este recurso artificial y mensurable aparece como ruina abandonada en mitad del camino. Estos imponentes dodecaedros yacen junto a animales muertos, asociación que nos lleva, en primer lugar, a reflexionar sobre el impacto de la civilización sobre la naturaleza y las incógnitas que el futuro depara acerca de la convivencia entre personas y animales. Pero ambos elementos, naturaleza y geometría, comparten un mismo estatuto de vulnerabilidad al configurarse como huellas de una misma “escena del crimen”.
El dibujo, como ha señalado Gombrich, se parece a la realidad, si bien la realidad no se parece nunca al dibujo. Y es desde la conciencia de esta autonomía desde donde Santiago Talavera asume un sugestivo juego de escalas, desplazamientos e invenciones narrativas. Así ocurre en la monumental obra “Antropocosmos”, cuyo punto de partida es la fotografía que el artista tomó de un antiguo anfiteatro y cuyo resultado es una imagen absolutamente enigmática donde lo real figura invención y viceversa. De alguna manera, el artista construye con todo realismo aquello que está oculto pero que fluye como un rumor constante en nuestro devenir. Un espacio deshabitado, abismal, idílico y perturbador a un tiempo, y que responde a un plan perfectamente acotado por parte del artista. La estrategia que organiza el dibujo, la planificación meticulosa que va desde la selección del papel hasta la búsqueda de esas tonalidades cromáticas que otorgan una extraña carnalidad a la forma, todo obedece al firme deseo de hacer aflorar la imagen de un tiempo no vivido. En este sentido, Santiago Talavera se consolida con cada exposición como uno de los creadores más fascinantes, poderosos y sutiles de su generación.