Detalles: lo minúsculo (se) advierte
Por Óscar Alonso Molina
Poética de Santiago Talavera en once tesis.
Pero cómo pueden estos escenarios tan abigarrados y complejos, tan esforzados y difíciles que levanta Talavera sortear la grandilocuencia o simplemente el absurdo, el final estrepitoso, ensordecedor. Cómo escapan por otro lado de convertirse en una plataforma de incesantes y meros encuentros fortuitos entre lo dispar y lo múltiple, de las cosas abandonadas en los márgenes del mundo de la producción, la sobreabundancia de géneros, objetos, cosas y partes de cosas… Sus imágenes son una auténtica trituradora-mezcladora donde lo nuevo y lo viejo se reciclan igualmente para componer escenarios de utopías dislocadas que parten de nuestra feliz e inconsciente realidad como Primer Mundo. Este curioso panteísmo que abarca -que recoge más bien, con paciencia infinita, quizá no exenta de piedad- el arco completo de las mercancías y de los desechos, les ofrece una nueva oportunidad no tanto en sus nuevas e inéditas combinaciones, como en la posibilidad de volver a ser mirados con atención.
Mirar el mundo pormenorizadamente, no otra cosa es lo que vemos hacer a Santiago. No se trata de simple curiosidad, ni de bulimia iconográfica; lo que su forma de mirar las cosas del mundo –y el mundo mismo- postula queda cerca de aquel amor por el detalle de la pintura gótica y la flamenca, donde cada punto del cuadro pretendía con la misma fuerza acaparar la atención del espectador. La florecilla que aparece en una esquina no tiene nada que envidiar, en pormenores y atención, a los ojos de Jesús que ocupan el centro geométrico de la misma tabla; del mismo modo que los pájaros que planean en el término del horizonte, apenas distinguibles en caso de que tú, lector, retrocedas unos pasos de la superficie pintada hace ya más de cinco siglos, aparecen tratados con idéntico primor a las manos atadas o las gotas de sangre que se deslizan por el rostro del Ecce Homo. Es el holismo completo que cinco siglos después conquistara de manera abstracta la pintura all over.
“He aquí el hombre”…, sí, pero el hombre no está, como os voy a explicar un poco más adelante. El hombre está in absentia: en sus enseres, en su infatigable capacidad de producir y llenar el mundo de espacios habitables, de chismes, en las maneras que ocupa el paisaje o que coloniza los territorios vírgenes… De todo eso se ocupa la obra de Santiago Talavera, tratando con fe notarial los pequeños accidentes que acontecen en el proceso, lo mismo que la enorme cantidad de rastros que dejamos tras nosotros mientras lo conseguimos. Y lo hace con una mezcla de delicadeza en el tratamiento pictórico o dibujístico y una implacable, insobornable lucidez crítica en cuanto al tratamiento moral, cercanas en su combinación a la alcanzada por sus admirados Bosco o Brueghel. De antiguos maestros como ellos, precisamente, parece haber aprendido ese valor de la mirada próxima sobre la vasta extensión del mundo visible -lo macro y lo micro[1]-, que le lleva a palpar las cosas individualizadas en su esencia moral, hasta el punto de componer su obra a partir del tejido minucioso de una miríada de diminutas llamadas de atención al ojo, ¡de advertencias!
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[1] “Observa bien la forma, la pequeña tanto como la grande; separa empero lo mezquino del conjunto todo”, es una de las célebres máximas de Caspar David Friedrich.
Óscar Alonso Molina, 2015
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